III - El espíritu de oración

9. Dondequiera y en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, los hermanos y las hermanas crean sincera y humildemente, y tengan en el corazón, y amen, honren, adoren y sirvan, alaben, bendigan y glorifiquen al altísimo y sumo Dios eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y adórenle con corazón puro1, porque es necesario orar de continuo y sin desfallecer2; ya que tales adoradores3 busca el Padre. Con ese espíritu, han de celebrar el oficio divino en unión con la Iglesia universal. Los hermanos y las hermanas, que el Señor ha llamado a la vida contemplativa, con alegría diariamente renovada testimonien la propia consagración a Dios y celebren el amor que el Padre tiene para con el mundo, el cual nos ha creado, nos ha redimido y por su sola misericordia nos salvará4.

10. Alaben al Señor5, rey del cielo y de la tierra, los hermanos y las hermanas con todas las criaturas, y denle gracias porque, por su santa voluntad y por medio de su único Hijo con el Espíritu Santo, creó todas las cosas espirituales y corporales y nos creó también a nosotros a su imagen y semejanza6.

11. Conformándose totalmente al santo Evangelio, los hermanos y las hermanas reflexionen en su mente y retengan las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es la Palabra del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida7.

12. Participen en el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo y reciban su Cuerpo y su Sangre con profunda humildad y veneración, teniendo presente que dice el Señor: Quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá la vida eterna8.
Tributen toda la reverencia y todo el honor que puedan al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, y a sus santísimos nombres y palabras escritas: en él han obtenido la paz y la reconciliación con Dios omnipotente todas las creaturas que hay en el cielo y en la tierra9.

13. En todas sus ofensas, los hermanos y las hermanas apresúrense a expiarlas, interiormente por la contrición y exteriormente por la confesión10 y hagan frutos dignos de penitencia11. Deben además ayunar y esfuércense por ser siempre sencillos y humildes12.
Ninguna otra cosa, pues, deseen sino a nuestro Salvador, que se ofreció a si mismo en el altar de la cruz, como sacrificio y hostia, mediante su Sangre, por nuestros pecados13, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas14.

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1 1R 23, 10; 1R 23, 8.    
2 Lc 18, 1.    
3 1R 22, 29-30.    
4 1R 23, 8.    
5 Cf. Mt 11, 25.    
6 Cf. 1R 23, 1; cf. Cant 3.    
7 Jn 6, 63; cf. 2CtaF 3.    
8 Jn 6, 54; 1R 20, 5.    
9 Cf. Col 1, 20; CtaO 12, 13; Test 12.    
10 Adm 23, 3.    
11 Cf. 2CtaF 25.    
12 Cf. Adm 19; 2CtaF 45.    
13 1R 23, 9.    
14 2CtaF 11, 14.